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HACE DIEZ AÑOS Tal día, más o menos, como hoy pagábamos todavía en pesetas, éramos víctimas aprensivas del milenarismo, que habría de llegar cabalgando los años de la primera década del siglo en forma de destrucción de los pilares gemelos de la tierra, terror indiscriminado, violencia universal y con la guinda de la gran depresión del año nueve, que nos está dejando exhaustos y desamparados frente a la indefensión del paro y la extensión de la pobreza. Al año siguiente, tal día como hoy más o menos, cinco mil pesetas se convirtieron en treinta euros, y un café que costaba sesenta pesetas pasó a costar de manera automática un euro, es decir, cien pesetas de subida de un día para otro. Diez años después, o sea esta misma mañana, una copa de vino de rioja tomada a pie de barra en una cafetería de Mondoñedo, pongo por caso, es cobrada, como si nada, al precio de dos euros con cincuenta, que traducido a las viejas pesetas totalizan redondeando, cuatrocientas veinte. Yo no tengo nostalgia alguna de la antigua moneda, es más, creo que el euro es el escudo protector que nos defiende a su manera de los mandobles de la actual crisis financiera, y tampoco quiero hacer pedagogía de la demagogia, ni derribar las murallas de ladrillo que todavía perviven, sobreviven al desmoronamiento de la llamada burbuja inmobiliaria -por cierto, ¿se acuerdan del precio de los pisos en el primer año de la primera década del siglo?-, solo traigo a esta columna recuerdos propios de la última noche de un año que como el que concluye, ya nació viejo. Quiero creer que no hay años mejores que otros, que todos son óptimos o pésimos según las expectativas que pongamos. El que comienza, está, al menos en Galicia, santificado aunque se llame Xacobeo, será bisiesto, que para los que se amparan en la supersticiones lo contemplan como a los gatos negros que a unos les trae fortuna y a otros desgracia. A mí ser supersticioso siempre me trajo mala suerte así que: ¡meigas fóra! Comienza el año como acabó el anterior, lleno de dudas para anunciar el futuro, entre cambios lluviosos del cambio climático, pronosticando como en los almanaques del tiempo, el Zaragozano o el Gaiteiro de Lugo, inviernos fríos y veranos cálidos, con la incertidumbre de la fragilidad del dinero, de la volatilidad del sistema y de las mentiras construidas a medida y dictadas por los fabricantes de ucases, de edictos universales, permanentemente en contra de los intereses del común, o sea de los nuestros. Bienvenido, nuevo año, no seré yo quien te censure nada más llegar, espero que no traigas convulsiones a mi hogar y al de los míos, que no quebrantes mi salud, que no mermes mis afectos, y no alteres mi estabilidad laboral. Ya sé que no es poco pero prometo ser indulgente así que transcurran doce meses. Feliz año nuevo.